Bad Boy 2020 nace para incomodar un poco
Detrás está Jean-Luc Thunevin, una de las figuras más influyentes —y menos dóciles— de Burdeos. El apodo de Bad Boy no es casual: fue Robert Parker quien lo bautizó así al referirse a él como “the bad boy of Saint-Émilion”, por desafiar abiertamente las normas establecidas y demostrar que los grandes vinos no siempre salen de los grandes châteaux.
Bad Boy no es un guiño simpático. Es una declaración de intenciones.
Burdeos, pero sin pedir permiso
Elaborado principalmente con Merlot, Bad Boy rompe con la idea del Burdeos severo y distante. Aquí hay fruta, hay madurez, hay textura… y hay disfrute inmediato. Sin renunciar al origen, pero sin someterse a él.
En copa aparece intenso y oscuro, con aromas de fruta negra madura, ciruela, cacao y un fondo especiado que aporta profundidad. En boca es amplio, sedoso, con taninos pulidos y un equilibrio que sorprende. Potente, sí, pero controlado. Goloso, pero con estructura.
Es un vino que entra fácil, pero no es simple.
Y eso no es tan habitual.
Un tinto para disfrutar sin solemnidad
Bad Boy 2020 no te pide ceremonia. Te pide mesa, conversación y platos con cierto peso: carnes asadas, estofados, quesos curados, cocina de invierno. Funciona cuando hay ganas de abrir una buena botella sin convertirlo en un examen.
Representa muy bien esa otra cara de Burdeos que cada vez interesa más: vinos más accesibles, más vivos, más honestos, firmados por nombres que saben exactamente lo que hacen.
El “chico malo” que cae bien
Quizá por eso tiene tantos seguidores. Porque no intenta parecer correcto. Porque no juega a ser clásico. Porque demuestra que, incluso en Burdeos, hay espacio para el carácter.
Bad Boy 2020 es una de esas botellas que rompen prejuicios sin hacer ruido.
Y cuando eso pasa, suele ser buena señal.
A veces, salirse del guion es la mejor elección.