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Color dorado, consistencia firme, densas lágrimas en copa. Una presentación perturbadora para un vino de perfil increíblemente mineral —tanto es así que incluso son evidentes sus notas de pedernal e hidrocarburo—, sobre un elegante fondo de vainilla. En boca se muestra estructurado, con un sabor nítido y una aguda frescura. ¿Hablamos de su longevidad? Basta decir que ya era el blanco de Michelangelo y seguirá siendo el nuestro durante siglos...