Raúl Pérez: El mago del vino

Que una televisión generalista dedique cuatro capítulos a un enólogo de un pueblo de cien habitantes dice más del momento cultural del vino español que de la audacia de la cadena.
Ahí está "El mago del vino", la docuserie de Mediaset dirigida por David Moncasi sobre Raúl Pérez, que lleva casi dos años recorriendo festivales sin fecha fija de estreno en Cuatro.
El proyecto nació como largometraje; se presentó en la 69ª edición de la Seminci, donde ganó la Espiga de Honor, y desde entonces ha pasado por el Festival de Málaga y la Most: Festival Internacional de Cinema del Vi.
En junio llegó además el Prix Multimedia de la Academia Internacional de Gastronomía. No es poco para una producción que retrata algo tan poco televisivo como la elaboración de un vino.
Un formato que se resiste a las etiquetas fáciles
Lo curioso es que no se comporta como cabría esperar de Mediaset. El hilo conductor es real y potente: Pérez, dos veces elegido mejor enólogo del mundo, persigue durante años los 100 puntos de la guía Parker, y la serie sigue ese camino hasta La Muria, un mencía nacido a más de mil metros en El Bierzo. Funciona porque es auténtico.
Conviene matizar algo que rara vez se cuenta: no es solo la crónica de un logro enológico; hay drama familiar de por medio. Pérez recuerda a su padre y a una sobrina, fallecidos por inhalación de gases trabajando en la bodega familiar; él tenía diez años cuando perdió a su padre.
Ese trasfondo cambia el tono de todo lo demás: los 100 puntos dejan de ser una anécdota gremial y se convierten en la culminación de algo más personal.
Director Moncasi viene de un terreno televisivo distinto: "Desafío Everest", "Comando Actualidad" y esa mirada se nota en el pulso narrativo: monta la historia casi como una carrera contrarreloj, no como un documental gastronómico contemplativo.
Ahí está, para mí, el verdadero valor del proyecto. Durante años el vino español se vendió en televisión con el lenguaje de la abundancia: bodegas monumentales, extensiones interminables.
Pérez representa lo contrario: parcelas diminutas, viñas viejas, un pueblo que se vacía.
Que Mediaset apueste por ese relato, con apenas 700 botellas de La Muria repartidas en cuarenta países y un precio que ha pasado de sesenta euros a rozar los ochocientos en el mercado secundario, indica que el gran público ya entiende la escasez y el terruño como valores narrativos, no solo como jerga de sumiller.