Martina Pariente: “El vino debe hablar del lugar, pero también de las personas”
Entrevista a Martina Pariente, enóloga de Bodegas José Pariente. Analiza tendencias, verdejo, sostenibilidad y cómo el origen define el futuro del vino.

Hablar con Martina Pariente es entrar en una forma de entender el vino donde el origen manda y la intervención se mide. Desde Bodegas José Pariente hasta proyectos como Prieto Pariente o A Vilerma, su mirada conecta territorios distintos con una misma idea: escuchar al viñedo.
En esta entrevista, reflexiona sobre hacia dónde va el consumo, qué mitos siguen pesando en el sector y por qué la coherencia define mejor a una bodega que cualquier tendencia. También habla del equilibrio entre legado y evolución, del papel de la variedad verdejo y de cómo el vino gana sentido cuando conoces a quien lo hace.
Su discurso es claro: menos artificio, más precisión. Vinos que transmitan paisaje, pero también historias humanas. Porque, al final, una botella no solo se abre; se interpreta.
¿Qué vino te llevarías siempre a casa… que no sea el tuyo?
Me llevaría un vino que naciera de un viñedo con identidad y con una historia detrás. Me atraen especialmente los vinos que transmiten paisaje, que hablan del lugar del que proceden.
Pero también me gusta tener en casa vinos elaborados por amigos. Al final, el vino va mucho de personas: de los viticultores, de los proyectos que hay detrás y de las relaciones que se crean alrededor de una botella. Cuando conoces a quien lo ha hecho, el vino adquiere otra dimensión y se disfruta de una manera distinta.
Por eso suelo elegir vinos que, además de reflejar bien su origen, tengan también una historia humana detrás.
¿Qué tendencia del mundo del vino crees que marcará los próximos años?
Por un lado, el consumo está evolucionando hacia vinos más frescos y de perfil más ágil, lo que podría explicar una tendencia creciente hacia los blancos y rosados.
Al mismo tiempo, cada vez hay más atención puesta en la forma de elaborar, lo que impulsa prácticas más sostenibles, el uso de botellas más ligeras y una mayor valoración de las variedades autóctonas y de los viñedos en altura, que permiten conservar frescura en un contexto de cambio climático.
También está cambiando la forma de consumir vino. En restauración, por ejemplo, la oferta de grandes vinos por copas está creciendo y permite descubrir proyectos y territorios con más facilidad. En el fondo, creo que todas estas tendencias apuntan a lo mismo: vinos más precisos, más ligados al origen y elaborados con una mayor conciencia ambiental.
¿Qué mito del vino te gustaría desterrar de una vez?
Quizá la idea de que el valor de un vino depende únicamente de su precio o de su fama. Creo que el verdadero valor está en el viñedo, en el trabajo que hay detrás y en la capacidad de ese vino para expresar un lugar.
También me gustaría desterrar la idea de que el vino tiene que ser complicado para ser bueno. Los grandes vinos pueden ser profundos y complejos, pero al mismo tiempo deben invitar a beber, emocionar y conectar con quien los prueba.
¿Qué debe aportar una bodega para diferenciarse de verdad en un sector tan competitivo?
Creo que la clave está en la coherencia: tener una visión clara de qué tipo de vinos quieres hacer y sostenerla en el tiempo.
En un sector tan competitivo, donde hay muchísimos proyectos interesantes, lo que realmente diferencia a una bodega es su identidad. Cuando existe una escucha real del viñedo, una relación profunda con el territorio y una forma propia de interpretar ese origen, esa personalidad acaba reflejándose en los vinos.
También es importante no intentar seguir todas las tendencias, sino ser fiel a lo que el lugar puede dar. Esa consistencia, mantenida año tras año, es lo que genera confianza y hace que los vinos sean reconocibles.
Si vuestro portfolio tuviera banda sonora, ¿qué sonaría?
Quizá The Beatles. En su momento fueron innovadores y rompieron muchos esquemas, pero lo hicieron con una elegancia y una sensibilidad que ha hecho que su música siga conectando con distintas generaciones.
Además, supieron evolucionar sin perder su identidad. Cada etapa aportó algo nuevo, pero siempre reconoces que detrás está el mismo proyecto. Creo que con el vino ocurre algo parecido: cuando hay una base sólida —un territorio, una variedad, una forma de entender la viticultura— los vinos pueden evolucionar con el tiempo sin perder su esencia.
Al final, como ocurre con las grandes canciones, lo que permanece no es la moda del momento, sino la autenticidad.
¿Qué hay en tus vinos que crees que te define como enóloga?
Busco vinos precisos y equilibrados, muy ligados al origen. Intento que tengan frescura, tensión y elegancia, pero, sobre todo, que sean un retrato del territorio.
Para mí es fundamental que el vino transmita en sus aromas y en su textura el lugar del que procede. La enología debe acompañar al viñedo, no imponerse a él.
Eres la continuación natural de un proyecto familiar muy reconocido. ¿Cómo ha sido para ti asumir el rol técnico en una casa donde la identidad está tan definida?
Lo he vivido con mucha responsabilidad, pero también con mucha naturalidad. La identidad del proyecto es muy clara y eso, en realidad, ayuda mucho.
Tanto mi hermano Ignacio como yo sabemos de dónde venimos y qué valores queremos mantener. Nuestro trabajo consiste en cuidar ese legado y seguir evolucionando, adaptándonos a los cambios, sin perder nuestra esencia.
La Verdejo es el corazón de José Pariente, pero también una variedad que genera debates. ¿Qué te gustaría que se entendiera mejor sobre ella? ¿Da miedo que las “modas” afecten a su percepción?
Me gustaría que se entendiera mejor que la Verdejo tiene una enorme capacidad para expresar el terruño. Es una variedad con mucha personalidad y, además, con una versatilidad impresionante, que permite elaborar vinos de perfiles muy distintos y con una notable capacidad de evolución en botella.

Las modas van y vienen, pero las variedades profundamente ligadas a su territorio siempre acaban encontrando su lugar. La clave está en trabajar bien el viñedo e interpretar la variedad con respeto.
Prieto Pariente os llevó a un paisaje completamente distinto. ¿Qué has aprendido de las viñas viejas de esos páramos y de trabajar con un carácter tan diferente al de Rueda?
El viñedo viejo, sobre todo, te enseña respeto y paciencia. Son cepas que llevan muchas décadas conviviendo con su entorno y que han desarrollado un equilibrio muy propio con el suelo, el clima y el paisaje que las rodea.
No se puede llegar con prisa ni con planteamientos demasiado cerrados. Primero hay que observarlas, entender cómo se comportan y adaptarse a su ritmo.
En Rueda también trabajamos con viñedos centenarios, por lo que, aunque el carácter del vino es diferente, la forma de trabajar en el campo es prácticamente la misma: escuchar al viñedo y acompañarlo.
A Vilerma es otra historia: atlántica, fresca, humildemente compleja. ¿Qué te aporta este proyecto y qué has descubierto en Galicia que no esperabas?
A Vilerma, para mí, es aire fresco. Ampliar la mirada y empezar de cero.
Se trata de una finca con mucha historia, rodeada de un paisaje de bancales que impresiona desde el primer momento. Cuando la conoces, entiendes enseguida que es un lugar con una identidad muy marcada, donde la viña forma parte inseparable del paisaje.
Esa combinación de historia, variedades autóctonas y un entorno tan singular fue lo que nos conquistó. Con ella he descubierto un paraíso, un refugio y una nueva forma de entender la viticultura.
¿Qué decisión técnica reciente —en viñedo o en bodega— sientes que ha marcado un antes y un después en tu forma de elaborar?
Cada vez estamos poniendo más el foco en el viñedo y en comprender mejor cada parcela. Ese trabajo de zonificación y de viticultura más precisa nos permite vendimiar cada viña en su momento óptimo y vinificarla de forma más respetuosa.
Más que una única decisión técnica, diría que es una evolución en la forma de trabajar: intervenir menos en bodega y confiar más en la expresión del viñedo cuando está bien cultivado.
Tres proyectos, tres territorios, tres identidades… ¿Qué hilo conductor une, para ti, José Pariente, Prieto Pariente y A Vilerma?
Para mí, el hilo conductor es claro: una familia, tres territorios y un mismo respeto por el origen.
En Bodegas José Pariente nació nuestra manera de entender el vino. Rueda nos enseñó que todo empieza en el viñedo: estudiar el suelo, comprender la variedad y trabajar para que cada vino sea una expresión fiel de su lugar.
Con Prieto Pariente ampliamos esa mirada hacia otros paisajes, como El Bierzo. Allí, la godello y las laderas minerales nos permiten interpretar un territorio con una personalidad muy marcada.
Y en A Vilerma, en el Valle del Avia, ese vínculo con el origen se vive de una forma muy especial. Trabajar con variedades autóctonas en una finca histórica de Ribeiro nos conecta con el paisaje, la tradición y la cultura vitícola de Galicia.
Al final, aunque cada proyecto tiene su propia identidad, todos comparten la misma filosofía: que el origen sea quien marque el carácter del vino.
La visión de Martina Pariente se apoya en una idea sencilla: el vino no se construye en bodega, se interpreta desde el viñedo. Frente a modas y ruido, defiende precisión, respeto y coherencia.
Tres pilares que, mantenidos en el tiempo, dan lugar a vinos reconocibles y con sentido. En un sector en constante cambio, su enfoque apunta a una dirección clara: entender mejor el origen para elaborar con más intención y menos intervención.