¿Un café con leche en copa flauta?

Difícilmente a nadie se le ocurriría tomarse un café con leche en una copa flauta, ¿verdad? ¿Serían capaces de imaginar a un camarero sirviéndoles el café en una esbelta copa de cristal? Es obvio que no; sin embargo, a menudo descuidamos el servicio del vino al no prestar la atención suficiente al tipo de copa que usamos para degustarlo.

Por supuesto el mejor material para una copa de vino es el cristal y, cuanto más fino mejor. Se trata de un material insípido y de transparencia perfecta que nos permite disfrutar del aspecto, el aroma y el sabor del vino sin distorsión alguna. Una buena norma general para elegir la copa perfecta sería reservar las copas de mayor tamaño para los vinos más intensos ofreciéndoles así el espacio que necesitan para expresarse y las más pequeñas para los vinos más delicados, para que el cristal proteja sus frágiles aromas. Olvídense de la antigua idea de las copas grandes para el tinto y las pequeñas para el blanco; algunos vinos blancos criados en madera pueden necesitar una copa mayor, mientras que algunos tintos jóvenes se mostrarán cómodamente en una copa pequeña.

Por lo que respecta a los vinos espumosos, la tradición establece la copa flauta, de cuerpo esbelto y alargado, como la idónea, pues permite disfrutar del perlaje y evita que se escape el carbónico. Pero tampoco esta teoría carece de detractores: una creciente corriente de opinión postula que sería mejor tomar los espumosos en copas con algo más de anchura, que ayuden a reducir la sensación chispeante de las burbujas que tanto desagrada a algunos consumidores y permita percibir con mayor amplitud todos los aromas del vino.

Las empresas de cristal especializadas en copas de vino, apuestan por llevar la importancia de las copas en la degustación del vino un paso más allá. Su teoría se basa en las cuatro zonas en las que se distribuyen nuestras papilas gustativas sobre la lengua: dulce en la punta, ácido y salado en los laterales y amargo en el fondo. La forma de la copa puede llevar el vino a entrar en contacto inicialmente con una zona determinada de nuestra lengua, provocando que nuestras papilas gustativas perciban con mayor intensidad un gusto u otro. De este modo, un vino blanco con madera puede beneficiarse de una copa con la boca algo más ancha de lo habitual y abierta hacia los laterales que refuerce su frescor. Vinos muy ácidos agradecen una copa más cerrada, para intentar suavizar su acidez y resaltar su parte más dulce. Algo parecido sucede con el alcohol: los vinos de elevada graduación requieren una copa de mayor volumen, alta a ser posible, para que el alcohol suba por ella como si de una chimenea se tratase llevando consigo toda la complejidad aromática del vino, mientras que los de menor grado, parecen adaptarse mejor a copas de menor altura.

Aunque sería magnífico tener una copa distinta para cada tipo de vino, parece lógico pensar que esto no resultaría práctico ni, por supuesto, económico. Lo más recomendable pues sería adquirir copas versátiles, de volumen y altura medias, en las que la mayoría de vinos se pudieran expresar con naturalidad, incluso los espumosos.

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